- 06.06.2025
Garrison solía despertarse con el ulular ensordecedor del despertador, agudo como el grito de las gaviotas en un mercado de pescado. Pero en esa mañana lluviosa, se levantó de la cama con un peso enredado, como si se estuviera preparando para la batalla con el enemigo que hacía mucho tiempo había acampado en su cabeza, tomando la apariencia de su propia tristeza prolongada. Poco a poco, empezó a entender que la tristeza no era algo que se pudiera apagar como un electrodoméstico, y que tal vez valía la pena hacerse amigo.