Esto es totalmente natural: a todos nosotros nos importa sentir nuestro propio valor, ser necesarios y formar parte de algo más grande. Construimos nuestra autoestima en función de roles sociales, profesionales y familiares, que suelen aportarnos una sensación de satisfacción. El trabajo, la creatividad, el apoyo a los demás o simplemente “estar presente”, todo ello refuerza la sensación de importancia personal. Cuando se hace imposible la actividad habitual —por ejemplo, debido a una enfermedad, discapacidad o cambios en la vida—, esto puede desconcertar y provocar un auténtico huracán de emociones: desde la confusión y la sensación de haber perdido la propia identidad, hasta la ira hacia las circunstancias (“mejor que trabajaran duro…” —un reproche que expresa más dolor que crítica).