- 20.07.2025
Los relojes distorsionados se estiran suavemente mientras la guirnalda parpadea con un ritmo cálido e irregular en el pálido techo; cada pulsación responde a los mantras nerviosos en el pecho de Emilia: «¿soy lo suficientemente buena, o no?». Esas lucecitas no juzgan, sino que acogen, convirtiéndose en un raro consuelo en la inseguridad de la oscuridad. Hoy, la luz blanca del teléfono le parece especialmente dura sobre la piel; cada desplazamiento es como arrancar la frágil calma, exponiendo preguntas inquietas desde el interior.
La pluma se desliza sobre el papel—al principio con inseguridad, luego con más confianza. Donde antes los días no dejaban rastro, salvo por listas de tareas y fechas límite, ahora fuera de la cuadrícula se extiende una frase redondeada: «A veces deseo que alguien me note incluso en el silencio». Observa cómo se seca la tinta—es sorprendente, pero el cielo no se cae. La rutina continúa. El té se prepara, los calcetines siguen desapareciendo en la lavandería, el vecino continúa desafinando salvajemente con el saxofón (y, sinceramente, si ese chico alguna vez encuentra una cuarta nota, Álex sospecha que la realidad misma podría deshilacharse). 🎷
Anna se despierta bajo la luz lenta de la mañana, cuando el silencio de su apartamento aún parece retener la memoria de viejas inquietudes. La vida cotidiana siempre le había parecido estable: estantes de libros ordenados, el horario pegado en la pared, el ritmo familiar de sus días de trabajo en la biblioteca. Sabía ser útil, atenta y hasta un poco invisible ante los demás —vivía en la melodía predecible y tranquila de la soledad. Quienes la rodeaban rara vez notaban que dentro de Anna habitaba una alegría cautelosa—no ruidosa, sino suave, como el placer de volver a casa con una bolsa llena de libros y leer por la noche en su sillón favorito.